¿Ya has pensado acerca de tu privacidad?

“Decir que no te importa la privacidad porque no tienes nada que esconder es como alegar que no te importa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir.”Edward Snowden

La privacidad es un bien abstracto. Decimos bien como si se tratara de un coche o una casa porque, entre los movimientos de empresas que se alimentan del Big Data y los tratados internacionales como el TTIP, cada día dista más de ser un derecho.

Pero dejando a un lado el aspecto universal de las cosas, ese derecho es algo que todavía estamos a tiempo de cultivar, proteger e incorporar de manera saludable en nuestro cotidiano y, especialmente, en nuestro entorno de trabajo.

Dicho ejercicio es vital por varias razones, pero principalmente porque la privacidad se ha convertido en un concepto íntimamente ligado a la desconfianza. Para empleadores, la privacidad de un empleado puede esconder esa puñalada trapera que lo transforma de inversión en amenaza. Para los trabajadores, la privacidad es la manga ancha bajo la que la cúpula se guarda todos los ases imaginados y por imaginar.

Así, cuando pensamos en privacidad, lo primero que nos viene a la cabeza son las denuncias por el monitoreo exagerado del correo electrónico o las sesiones en la red corporativa, y las dudas perennes sobre el contenido de los cajones y carpetas que jamás nadie vio abrir, pero que todo el mundo sabe que descansan en el despacho del jefe.

Ese trenzado entre la palabra y los actos oscuros son los mismos que hacen que, cada vez que se habla de privacidad, muchos sean los dispuestos a sacrificarla en pos de un supuesto bien mayor. Un bien mayor que, sin embargo, nunca se espera que nos afecte, pero que da lugar a un desequilibrio peligroso en el que los trabajadores se vean expuestos, puesto que los únicos que pueden crear y aplicar nuevos reglamentos relacionados con la privacidad son, por supuesto, los mandos superiores.

Para restablecer ese desequilibrio, es imprescindible conseguir que cada medida contra la privacidad venga de la mano de otra que fuerce la transparencia. Si otros deciden que pueden hurgar en nuestro espacio personal, como mínimo deberíamos ser capaces de saber cuándo se lleva a cabo ese husmear, qué se está buscando y, legitimando esa invasión, exponer a la vista de todos qué se ha encontrado. Aunque en un primer instante eso pueda suponer un ejercicio de voyeurismo profesional, es la única manera de poder asegurarnos que esas medidas son correctamente usadas. Igualmente, la implicación de otros agentes neutrales, cuyos intereses poco o nada tengan que ver con el marco de actuación de nuestra empresa, debería ser la moneda de cambio a la permisión de la invasión en la privacidad del trabajador.

Pero como todo este ajetreo suele ser lento y tedioso, tanto para unos como para otros, al final se dan los conocidos casos de acoso y derribo de la privacidad, la lectura ilegal del correo en la empresa, la intervención de llamadas en horario de trabajo o, incluso, los casos de espionaje profesional. En aras de tratar de no complicarse la vida, empresas y trabajadores suelen terminar vadeando los pantanos de la ilegalidad.

Así pues, quizá es un momento estupendo para pararse a pensar, fuera de horarios de trabajo a poder ser, sobre el significado de privacidad y qué está sucediendo en el mundo al respecto. Porque, a sabiendas de que es un tema arduo y árido, ahí fuera otros están decidiendo por nosotros. Seamos empresarios o trabajadores.

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