La broma de Uber

Emil Michael, vicepresidente de la empresa estadounidense Uber —conocida por pisar los juanetes de cuantas asociaciones de taxistas existen—, parece empecinado en ponerse en evidencia y, de paso, dificultar el despegue de su negocio.

Aunque dudamos mucho de que aún haya quien desconozca qué es Uber, podemos asegurar que su estrategia de RRPP parece haberse basado enteramente en aquello de que “que hablen de mí, aunque sea mal”. Como si quisiera convertirse en el RyanAir de las carreteras. Las últimas declaraciones de Emil Michael, fuera de micrófonos, apuntaban a la sopesada posibilidad de iniciar investigaciones sobre la vida privada de aquellos periodistas que ensucien la imagen de la empresa protagonista.

Supuestamente era una broma.

Parece mentira que a estas alturas de Internet todavía debamos recordar que las reglas del juego ya no siguen la lentitud analógica. Las noticias (y ya no digamos los bulos) corren como coyotes, y tratar de acallar y borrar información es tapar con un dedo el sol. En esas circunstancias, no solo es un problema que hablen mal de tu compañía, sino que es fácil perder el norte con todo lo que pueden llegar a decir al respecto.

Por eso conviene pensárselo dos veces antes de hacer cualquier tipo de declaración ambigua.

Especialmente quienes son la cara pública de su empresa, como gerentes, CEOs y portavoces, harían bien en ser conscientes de que cualquier información emitida puede ser susceptible de malinterpretación, descontextualización y, en definitiva, manipulación. Por eso, cuanto más clara sea la comunicación al público —independientemente del canal que se use—, mejor.

Y si al final resultara que no hay ambigüedad posible, o que se da en el clavo con aquello de “piensa mal y acertarás”, la peor estrategia es, encima, emborronar el desaguisado bajo el manto de una supuesta broma. Si ya es zafio emitir una amenaza, postura impopular, acusación directa o cualquier otro enunciado que aboque a uno y su empresa a la polémica, menos elegante es aún demostrar una ausencia total de integridad con el débil pretexto de la chanza.

Porque sí, rectificar es de sabios y a malas siempre quedan los juzgados, pero es infinitamente más complicado defenderse o retractarse de una comunicación desdibujada. La raíz, de hecho es la misma que cuando comentábamos que la empresa que se comunica mal toma malas decisiones: si ni siquiera existe una posición firme, las posibilidades de una torpeza catastrófica posterior se multiplican.

Y, visto lo visto, en Uber las posibilidades han entrado de cuatro patas en el terreno de lo exponencial.

 

¿Te ha gustado nuestro post? Recibe nuestra newsletter mensual con el mejor contenido de nuestro blog.

Sobre el autor

admin

Deja un comentario