¿Recuerdas aquellas historias que nos contaban padres y abuelos, en las que una persona entraba a trabajar en una empresa sirviendo cafés? Esas historias, generalmente, terminaban con esa criatura absorbiendo por ósmosis los trucos del oficio que, trabajando duro, llegaba a ser directiva del negocio. Hoy, la movilidad laboral es casi un requisito, somos generaciones en las que eso de romper laboralmente es la norma.
Las rupturas son procesos naturales en los que es difícil sentirse a gusto. Si te dejan, porque a veces no sabes a qué viene o por qué tuvo que ser así; si dejas, si hubiera merecido la pena un empujón más o cómo pudiste soportar tanto. Shit happens, que dicen los americanos. ¡Y eso que no contamos con las revanchas!
De hecho, las empresas suelen preocuparse más por ser quienes deben romper. Especialmente si las cosas se tuercen durante el proceso. Principalmente, porque antes no existían cosas como LinkedIn o Glassdoor, donde las opiniones pueden convertirse en quebraderos de cabeza para el departamento de relaciones públicas.
Afortunadamente, hay cuatro procesos que podemos llevar a cabo para facilitar la salida de empleados:
La información es la clave
Antes de llevar a cabo cualquier decisión, conviene documentarse bien. La memoria humana es frágil, pero los documentos y cifras —siempre y cuando éstas sean correctas—, no. Empezar por las anotaciones iniciales en el currículum y continuar a través de la documentación de salarios, cursos de reciclaje, informes de rendimiento y extras… Quizá parte del problema reside en una mala valoración de un trabajo duro (algo común en puestos de trabajo mecánicos o grandes empresas), o una mala comunicación. En todo caso, más vale cerciorarse de que conocemos cuanto más, mejor.
Comunicación abierta
El punto anterior es aún más sencillo de conseguir si mantenemos un flujo comunicativo constante con nuestros trabajadores. En un entorno relajado, es más fácil comprender las preocupaciones de los trabajadores, y actuar en consecuencia. Incluso si al final no hay más remedio que recorrer caminos separados, la posibilidad de hablar evita polémicas después de la transición o, quién sabe, quizá propicia reencuentros futuros.
Entrevistas
Las entrevistas de entrada, en las que hablamos con los candidatos a un puesto, son decisivas para la contratación. Las entrevistas de salida, en las que se dan las malas noticias, también son cruciales; pero se obvian. Este proceso permite dejar clara la postura de por qué conviene romper laboralmente, pero también facilita reconfortar en los casos donde sea necesario e, incluso, aprender dónde podríamos mejorar.
Hablar con los nuevos empleados
Aunque choque, descubrir cómo dejaron un sitio nuestros nuevos fichajes nos da una oportunidad increíble para aprender. Nuestros procesos nos los conocemos y nos vienen bien, pero probablemente podamos mejorarlos y no sepamos ni cómo. ¡Ese cómo puede venir de otras experiencias y ayudarnos a crecer!
Al final, a nadie le gusta romper laboralmente (ni de cualquier otra manera). Menos aún cuando teníamos las expectativas tan altas. Sin embargo, las rupturas también son viajes catárticos de los que se puede aprender muchísimo.
Pero como son procesos duros, no hay nada mejor que intentar que sean lo más llevaderos posible. Por el bien de todos, y sin muchas historias.