Todo el mundo ha pasado por uno de esos momentos incómodos en que alguien rompe, intencionalmente o no, el protocolo. Incluso puede que nosotros mismos hayamos transgredido las normas de etiqueta del lugar de trabajo, y también es posible que ni nos hayamos dado cuenta.
Para evitar que eso suceda en un futuro, merece la pena repasar cuáles son, según la agencia Robert Half, las peores ofensas a las normas y otros compañeros de trabajo.
#5 Criticar y no dar crédito a otros
Sabemos perfectamente que acabamos de mencionar dos cosas totalmente distintas, pero es que ambas compiten ferozmente por ese quinto puesto. Por un lado, la crítica puede ser una herramienta de desahogo cuando una persona nos supera, pero, por otro, también puede ser fácilmente el canal de la envidia. Criticar a alguien por su carácter no ayuda, pero criticar por sus ideas locas puede acabar repercutiendo en toda la empresa. Así, si la crítica se dirige a los actos y no entra en lo personal, más vale que los actos sean criticables al 100%.
En una línea muy similar, pocas cosas restan valor al trabajo de alguien como que a) otros se apropien de ese esfuerzo y b) se mencione el logro o los resultados pero se deje en la sombra a quienes sudaron sangre por ellos. Es una manera extremadamente contundente de minar la moral y la autoestima de quien, como decía Bukowski, ha dado lo único que realmente tenía: su tiempo.
#4 Llegar tarde
La etiqueta del lugar de trabajo está pensada, en primera instancia, para aumentar la productividad y consolidar cualquier grupo. Si ya es complicado aunar un montón de cabezas pensantes en una misma dirección sin que se sientan ninguneadas, cualquier comportamiento que se salga de la norma es susceptible de molestar de sobremanera a todos los que realizan el esfuerzo de cooperar.
Así, llegar tarde es una acción que es fácilmente interpretable como que el tiempo de la persona que llega tarde es más valioso que el de aquellas que llegaron puntuales. Para ellos, que tuvieron que levantarse antes o sortear dificultades con antelación, que alguien llegue tarde es una manera estupenda de recordarles que podrían haber descansado un poco más o que sus esfuerzos por cuadrar horarios no fueron tan importantes.
#3 Ignorar llamadas y correos electrónicos
Un cuarto de la población activa considera que no responder a correos o llamadas es un indicio de mala educación. Claro que otro cuarto de la misma población piensa que hay un exceso de comunicación. En todo caso, una llamada o un correo electrónico sin responder significan una persona al otro lado que espera una respuesta en algún momento. Si no queremos hablar con ella, resulta más rentable responder una vez y afirmar ese deseo que arrastrar una situación que no beneficia a nadie.
#2 Cotillear
De entre todas las normas de etiqueta del lugar de trabajo, ésta puede ser la más recurrente y, a la vez, la más denostada. Imaginamos que, en realidad, es la antesala del miedo a que se cumpla una crítica despiadada a nuestras espaldas. Pero compartir secretos parece tan irresistible que, al final, muchos optan por aprender a utilizar y controlar la información de los cotilleos que tratar de combatirlos activamente. A fin de cuentas, el chismorreo es la versión más primitiva de la política.
#1 Distraerse
Este problema, que saca de sus casillas al 27% de los jefes, puede ser indicador de una infinidad de cosas, además. Desde la depresión de ese empleado que es incapaz de fijar su atención durante más de cinco segundos antes de escaparse a contemplar ideas suicidas, a la más absoluta desidia y desagrado de esa empleada que, en el mejor de los casos, piensa en el suicidio de quien llama por su nombre para que vuelva a la reunión.
Lo peor de la falta de atención es que casi siempre se debe a motivos ulteriores para los que nadie, salvo la persona con ese déficit, tiene una explicación razonable y sencilla. Y es esa falta de conocimiento, y por lo tanto control, lo que desespera.
Quien jamás haya caído en uno de estos comportamientos, que tire la primera piedra, pues suelen deberse a una realidad social que va más allá de la etiqueta del lugar de trabajo. Aun así, merece la pena saber qué molesta a los otros para tratar de aplicar, en la medida de lo posible, aquello de no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros.